Con reiterada frecuencia acontece que con los grandes personajes de los distintos géneros en que las celebridades se destacan, surgen las interrogantes vinculadas a su origen y progenitores.El caso de Carlos Gardel, máximo intérprete del tango porteño no podía escapar de las sombras especulativas referentes a su país natal, y mientras algunos especulaban que fue el Tacuarembó, Uruguay, otros en Argentina, en realidad, nació en Toulouse, Francia, el 11-12-1890, conforme aporto en este trabajo que se publica por primera vez en un medio escrito en nuestro país.
Carlos Gardel era hijo de la señora Berthe Gardés, engendrado fuera del matrimonio con un señor llamado Paúl Lasserro, viajante comercial, que pretendió reconocer a su hijo el 22-12-1890, pero que Berthe esperó la decisión de su hijo en su momento propicio y éste, ya adulto, rechazó, y decidió sólo variar para castellanizar su apellido materno de Gardés por Gardel.
El autor deja constancia de gratitud a José Gabriel Villamán, conocido industrial santiaguense, a quien se reputa como el primer gardeliano del país, por el suministro de estos documentos.
Berthe Gardés fue a residir a un barrio pobre con su pequeño hijo, llamado El Abasto, que como se comprenderá, resultaba ser un mercado de alimentos primarios, habitado por gentes de magros recursos económicos, versión de unas Villas Agrícolas de la capital dominicana.
El tango era entonces un aire musical y baile rechazado por las clases sociales altas porteñas, hasta hoy, como lo fue el merengue en nuestro país hasta que el generalísimo Rafael Leonidas Trujillo lo popularizó en el Club Unión, el hotel Fausto, Centro de Recreo de Santiago, Club del Comercio de Montecristi y Club de Damas de Puerto Plata, cenáculos de la entonces aristocracia criolla.
Las damas porteñas se autoprohibían escuchar y mucho menos bailar el tango, un baile lascivo, sensual, provocador, que era propio de cabarets, puntos de diversión cuyos parroquianos eran gente de mal vivir, baja estofa y “de orilla”.
El cabaret Armeronville porteño era visitado por señores de alta clase social para escuchar y bailar el tango, y allí prácticamente debutó Carlitos, cantando por setenta pesos argentinos por noche y 300 al mes y otro tanto a José (Pepe) Razzano, su primer contrato y su primer compañero de arte.
Gardel “decía” las palabras, claras, sin perder ni un segundo la cadencia, la melodía, variando matices expresivos con modulaciones impresionantes y cautivantes.
Roberto Firpo, uno de los históricos ases del tango, dirigía la orquesta Gardel dominó el lunfardo, jerga de gente marginada porteña.
Fue la segunda gran valla que Gardel superó, luego de la pobreza, hijo de una tahonera francesa residente en Toulouse.
En Buenos Aires de entonces coincidieron los afamados bandoneonístas Eduardo Arolas y Benito Bianquet y el violinista francés Doutruy, y con esos superbos, la “garufa” (fiesta) y la “juerga” (diversión), con “gola” (garganta) potente, ataviados con “jailaife” (elegancia), adquirían matices grandiosos para procurar “vento” (dinero), hoy “guita”, impresionando a las “percantas” (mujeres).
La calle Corrientes porteña fue una reiterada vitrina nodriza del tango, con sus cafeses, cabarets, pistas de baile, donde doña Berthe y su pequeño Carlitos residieron en el número 1533 cuando provinieron de Burdeos.